Devoción, odio y todo tipo de pasiones ha generado la práctica de la tauromaquia a lo largo de la historia. Esta actividad forma parte de una arraigada tradición que caló en la vida cotidiana de la ciudad hace más de un siglo y hoy persiste en medio de la polémica.
Las discusiones sobre la Tauromaquia no cesan y, al parecer, la polémica en torno al tema se agudiza con el advenimiento de cada temporada taurina en la ciudad.
Descrita con etiquetas divergentes como tortura, tradición, maltrato, fiesta, muerte, creación, crueldad, nobleza, barbarie, osadía, desprecio, afición etc. ─de acuerdo con las convicciones individuales que adulan o critican─, esta actividad consistente en el combate de un hombre con un toro, sea desde un caballo o a pie y con la ayuda de diversas armas, se remonta a los milenios y ha tenido diversas transformaciones y moldeamientos en el tiempo.
Práctica milenaria
De acuerdo con el periodista y arquitecto Jorge Vega Bustamante “las primeras formas de toreo datan de la época antigua”. Algunas narraciones describen al animal, protagonista de esta práctica, como un ser mítico, otras hablan de un culto hacia la especie, considerada como sagrada, y otras más referencian la arcaica costumbre de usar los uros (especie extinta de la que desciende el toro) para el juego, la acrobacia y el sacrificio.
“Manadas de uros migraron desde el oriente del Mediterráneo hacia el occidente y llegaron a la Península Ibérica: unos se desplazaron al norte y murieron de frio, otros se desplazaron al sur, allí fueron semi-domesticados y se empezó a dar forma a la práctica actual”, explica Vega Bustamante y agrega que la actividad, que inició sobre el caballo (muy empleado en las faenas de caza y en la guerra), caló en el gusto de las Cortes que poco a poco, empezaron a mostrar la actividad en las plazas públicas y hacerla parte de la vida social.
“Desde el s. XVIII los pajes empezaron a apoyar a sus amos desde el suelo y esa es una lejana reminiscencia del toreo a pie, que posteriormente se convertiría en la corrida moderna tal y como la conocemos hoy”, puntualiza.
La practica terminó por convertirse entonces en una manifestación popular que se difundió por Europa y América, luego se adaptó a las tradiciones de cada territorio y evolucionó hasta englobar todo un mundo por el que pasa la construcción de los espacios, la crianza de los animales, el diseño de los vestuarios, la preparación de los toreadores y los rituales pre corrida.
Pero ¿cómo llegó el toreo a la ciudad y porqué Medellín es proclive a acoger la tauromaquia?
El descubrimiento de América supuso las primeras importaciones de toros al continente (para la alimentación y para el desarrollo de las actividades agrícolas). Según Vega a 17 años de la llegada de Colón se dieron las primeras corridas porque los colonos españoles, provenientes del la tradición taurina más importante, ejecutaron la práctica del toreo con los animales disponibles, trajeron algunos toreros y con el tiempo, la práctica se convirtió, no solo en un actividad reconocida en los diferentes poblados, sino en entretenimiento común.
En el país, los toros primero llegaban a los Llanos Orientales, después a Bogotá y de allí eran distribuidos a las poblaciones más importantes. A Antioquia, por ejemplo, arribaban por el río Magdalena y se repartían por las fincas ganaderas. Por su parte, los toreros también llegaban en barco al Departamento y en Puerto Berrío tomaban el tren hasta Medellín, donde las corridas se convirtieron en una de las principales atracciones dominicales.
De acuerdo con el periodista, los primeros circos (llamados así por ser espacios circulares) precursores de la plazas en Medellín, fueron de palo y guadua. Algunos se armaban en espacios como el Parque Berrío, pero también hubo otros famosos como El Palo, ubicado en El Palo entre Bolivia y Perú (1895); el Circo Medellín, situado en Maturín con Cundinamarca (1906) y el Circo España, ubicado en la carrera Girardot entre Perú y Caracas (1908).
“Heredamos las tradiciones y costumbres de nuestros antepasados españoles, entre ellas la afición por los toros y en el Medellín del s. XVIII y XIX las corridas eran una de las pocas actividades dominicales, no había mucho que hacer, de modo que tanto para las clases altas como para las bajas (que se ubicaban en los puestos que daba el sol) se convirtió en una actividad social muy importante”, señala.
Sin embargo esta costumbre de siglos, sumada a la construcción de la Plaza de Toros La Macarena en 1945, ha significado para los detractores de la Fiesta Brava en la ciudad, la historia de una infamia donde lo que gana es la crueldad humana.
Aunque la crítica ha estado presente a lo largo de la historia (papas, literatos, humanistas, artistas y pensadores han elogiado y condenado la tauromaquia en el curso de los siglos) es claro que en las últimas décadas se ha hecho más fuerte la polémica y parece que aún queda mucha tela por cortar.
¿Cuál es la posición de los taurinos y cuál la de los anti taurinos?, ¿cómo se perciben unos y otros?, ¿Qué principios defienden y qué principios reprueban?
Medellín Cultura habló con dos representantes de cada bando y esto fue lo que dijeron: