Pacífico en el barrio
Las tradiciones de los afrocolombianos que habitan la Comuna 13 son preservadas por Son Batá, un colectivo de artistas que divulga la cultura, afianza la identidad de su raza y hace del arte un arma para combatir la guerra.
Carlos Alberto Sánchez, Willi Yobanny Rodríguez y Jhon Jaime Sánchez llevaron al barrio Nuevos Conquistadores, en la Comuna 13, el sabor y la alegría de la cultura afrocolombiana. A pesar de crecer lejos del Pacífico, estos jóvenes revivieron las tradiciones del Chocó, la tierra de la que tanto hablan sus padres y abuelos.
El hip hop los llevó por este camino. Ese ritmo les permitía conectarse con sus orígenes y además los alejaba de la guerra que se estaba apoderando de las calles de este sector de la ciudad. En sus canciones hablaban de esas realidades que afectaban a la comunidad: la violencia, la discriminación y la desigualdad eran los temas que más los preocupaban. En el año 1999 su pasión por este género los llevó conformar el grupo Skarial, que significa superación bajo tierra; su trabajo empezó a ser reconocido y respetado en el barrio, y desde ese momento el arte se convirtió en el escudo que los blindó del conflicto y los acercó a sus raíces.
Proyecto de vida
“Esos son los muchachos que hacen hip hop”, decía la gente cuando los veía pasar y los integrantes de los “combos” (grupos armados) sabían que ellos solo estaban dispuestos a empuñar instrumentos. Willi, Carlos y Jhon Jaime querían ganarle jóvenes a la guerra y por eso crearon La Elite, la red de hip hop de la Comuna 13. Pero sus ambiciones eran mayores; en la escuela Amor al Niño reunían al grupo juvenil Sol Radiante. En estos encuentros promovían el arte y la convivencia pacífica.
También se empeñaron en buscar su esencia, esa que los trasportaba a las calles de Quibdó y las orillas del río Atrato, que les recordaba el olor del pescado y el sabor de plátano con queso: “¿Qué pasa con la cultura afro en la ciudad de Medellín? Esa pregunta nos llevó a defender lo nuestro. Además del grupo de hip hop, conformamos uno de chirimía típica del Pacífico; nos pasábamos todo el día tocando una tambora del Atlántico, un llamador y un alegre”, cuenta Willi, dj de Skarial y encargado de la logística.
La identidad afro estaba tomando un nuevo aliento y el grupo quiso reflejarlo en su nombre: Afrorenacer de la Juventud representaba la lucha que estaban librando para reivindicar sus tradiciones.
Los niños seguían de cerca el trabajo del grupo juvenil; ellos también querían sacarles melodías a los instrumentos, conocer las historias de los abuelos y saber de dónde venían. Willi, Jhon Jaime y Carlos acogieron a los más pequeños y les trasmitieron el amor por su raza. En ese momento el grupo fue bautizado por tercera vez; en todas las esquinas del barrio eran reconocidos como La Influencia. Carlos recuerda con mucho agrado esa etapa: “Cuando empezamos a ensayar nuestros sobrinos y primos trataban de interpretar con tarros y flautas dulces la música que nosotros hacíamos, y dentro de nuestra ignorancia les enseñábamos lo poco que sabíamos”.
El grupo estaba creciendo y faltaban recursos para darle un empujón a la chirimía de los jóvenes y al semillero que agrupaba a los niños. Con la asesoría de la Asociación Cristiana de Jóvenes (ACJ) le presentaron un proyecto a la Alcaldía y recibieron algunos instrumentos en comodato. Sus familiares estaban preocupados, pues creían que su obsesión por la cultura afro era algo pasajero: “Esos instrumentos no le van a durar ni dos meses”, les decían.
Nace Son Batá
Los ritmos del norte y el sur del Pacífico se apoderaron del grupo. En los ensayos se interpretaban currulaos, porros chocoanos, abozaos y levanta polvos. “Esa música la definimos como alegría, arrechera y calentura. Cada ritmo genera algo diferente; por ejemplo, un levanta polvo es para bailar y un tamborito es para escuchar y reflexionar”, explica Willi.
La energía de las tamboras sugirió un nuevo nombre para el grupo. Una de las profesoras que acompañaba el proceso propuso Batá, palabra que identifica a tres tambores africanos que solo pueden interpretar personas consagradas para los rituales sagrados. Ese simbolismo entusiasmó a los jóvenes: “Eso va con nosotros; somos Son Batá, son del tambor”.
Son Batá vino acompañado de nuevos retos. En el año 2008, después de recibir la visita del grupo brasileño AfroReggae, decidieron constituirse legalmente como una corporación cultural y artística. Temas con el Plan de Desarrollo de Medellín y el Presupuesto Participativo se hicieron recurrentes en sus reuniones. Su trabajo empezó a incidir en los espacios políticos de la Comuna.
Su aporte a la comunidad afro también llegó a oídos de la Embajada de Suiza, que ofreció los recursos para adecuar una sede; la fachada colorida de una casa ubicada en las lomas de Nuevos Conquistadores se convirtió en el hogar de los ochenta niños y jóvenes vinculados a las actividades de Son Batá.
Un sueño cumplido
La influencia afro se contagió en otros sectores de la Comuna 13; los integrantes de Son Batá ahora son reconocidos en El Salado, Cuatro Esquinas, Veinte de Julio y otros barrios de la ciudad. “En Medellín saben quiénes somos, pues nos convertimos en un ejemplo para otras comunidades afros”, dice Carlos, productor musical del grupo.
Al portafolio artístico de Son Batá se sumó el frente de danza y el colectivo de teatro. Por su parte, el grupo de hip hop se ha fortalecido con propuestas novedosas que mezclan lo urbano con ritmos como el jazz y el blues. La chirimía está integrada por 14 jóvenes que disfrutan mezclando los sonidos de la marimba, la batería, el bajo, los saxofones, las trompetas y los clarinetes que llevan a todas sus presentaciones.
El grupo también ha organizado jornadas de convivencia que borran las fronteras creadas por el conflicto armado. El 21 de setiembre del 2009, Día Mundial de la Paz, invitaron a todos los “combos” a disfrutar del arte en compañía de la comunidad. Ese encuentro reunió a más de mil personas que festejaron el respeto a la vida.
Con actividades como esta Willi, Carlos y Jhon Jaime les demostraron a sus familiares y vecinos que Son Batá no era un capricho de adolescentes. “No sé qué sería de mí sin este proceso; Son Batá es m vida”, dice Willi. Ellos son el ejemplo de cómo se vive la cultura afrocolombiana con dignidad y orgullo.