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Carlos Vieco: escenario del continuo toque del rock local 
 


Aunque el rock local se ha desarrollado en diversos espacios de la ciudad por más de cuatro décadas, fue en el teatro al aire libre Carlos Vieco Ortiz donde este cobró mayor fuerza. Este lugar, por donde pasaron las bandas de rock más célebres de Medellín, sigue abierto para que las nuevas generaciones de músicos y aficionados continúen disfrutando de este género musical.

Escenario de amores y odios, de cantos y gritos, de bailes y saltos, de música y de rock es lo que ha sido el teatro Carlos Vieco Ortiz durante más de dos décadas. Este espacio, enclavado en una zona boscosa del Cerro Nutibara, adquirió relevancia a finales de la década de los 80, cuando músicos y aficionados de las distintas vertientes del rock lo consolidaron como el lugar para el encuentro con este género musical.

Denominado por muchos como el Templo del Rock, el Carlos Vieco se inauguró en el año 1984 como un espacio para el desarrollo de actividades culturales y artísticas de diversa índole, pero con el paso de los años se convirtió en el epicentro del rock local y en un lugar estandarte para el proceso de consolidación del underground en Medellín, así como lo afirma Víctor Raúl Jaramillo, líder de la banda de metal Reencarnación, cuando expresa que el lugar “le abrió las puertas a quienes no tenían espacio para la expresión como los grupos de punk, metal, hardcore que buscaban una salida diferente a la tradicional y conservadora que se ha instaurado en Medellín durante tantos años”.

Fue Kraken la primera banda de rock en presentarse en el Carlos Vieco (año 1987) sin embargo, como afirma Román González, ex integrante de Juanita Dientes Verdes, Marimonda y Skullcrusher, el concierto terminó en desastre. “Hubo un voleo tremendo de roca porque se encontraron distintos grupos que defendían ideas diferentes en cuanto a la producción musical, comercial e independiente. Kraken se tuvo que bajar del escenario, les dañaron los instrumentos, el Carlos Vieco quedó muy deteriorado y los cerraron varios años para la movida del rock”, recuerda.

A principios de la década de los 90 el lugar se reabrió para la escena rockera y fue en esa época cuando los conciertos, que tradicionalmente se hacían en casas, patios, garajes, sótanos, bodegas, terrazas, sedes comunales y algunos bares, se convirtieron en espectáculos masivos donde se presentaban, al menos una vez al mes, bandas de punk, metal, hardcore y de otras vertientes del rock.

Según Daniel Vásquez, músico de las extintas bandas Desertor, Murder y Quinto Mandamiento, el Carlos Vieco fue la vitrina ideal para que las bandas, acostumbradas a tocar ante máximo 500 personas, se dieran a conocer ante 3 mil o más espectadores. “Empezó a haber mucha rotación del rock, era encontrarse siempre las mejores bandas o con las bandas que estaban prometiendo más; además el Carlos Vieco sacó al rock de los espacios encerrados, subterráneos y lo puso en un plano para todos”, comenta Vásquez contrariando la opinión de aquellos que afirman que sólo las bandas de “la rosca”, o aquellas que estaban promocionando sus discos, como Kraken, Ekhymosis, Perseo, Carbure, Bajo Tierra etcétera, tenían la posibilidad de presentarse en el lugar.

Lo cierto es que el deseo de presentarse en el Carlos Vieco puso a las bandas de Medellín en el reto de conseguir buenos instrumentos, de tener mejores sonidos, mejores propuestas y mejores músicos, pues como dice Víctor Raúl, lograr tocar en ese escenario imprimía a las banda cierto estatus.

“Tocar en el Vieco era como tocar en el Gran Rex de Buenos Aires. La gente sabía de los conciertos boca a boca, por medio de carteles o a veces en algunas emisorsa. Eran eventos no institucionales, mucho menos organizados pero cargados de una fuerza y sentimiento increíbles”, asevera Román, quien agrega que, quizás, éste fue uno de los pocos espacios donde los pogos se hacían entre escalas. Por su parte, Daniel afirma, que presentarse en el lugar “era increíble. Como espectador veías eso a reventar y el artista abajo daba una sensación magnificencia y desde el escenario uno veía el público y sentía como una sensación de grandeza”.

Movimientos económicos

A sus 30 y tantos años Jorge Ramírez puede afirmar que encontró su espíritu de comerciante en el Carlos Vieco. Desde pequeño fue un aficionado al rock y de joven un asiduo asistente a los conciertos, donde empezó, casi que por casualidad, a vender la música que sonaba y no sonaba

“En esa época no existía el CD, pocos grupos habían sacado LP y la mayoría sacaban su casete. Alguien que me pidió el favor de venderle una música en un concierto y cuando menos pensé no tenía nada. Como tenía una revista musical, hice varios contactos para intercambiar música y fui vendiendo cada vez más variedad, y las bandas me empezaron a entregar casetes que yo vendía allá, después empecé a intercambiarlos con bandas de otros países y el negocio se creció”, narra Ramírez, que terminó por montar la primera tienda de música en La Playa y una productora de bandas nacionales de rock que editó  trabajos de más de 30 bandas del país.

Pero no sólo Jorge movió dinero por cuenta de los asistentes al Carlos Vieco, sino también los organizadores que cobraban, mil, dos mil o tres mil pesos por el ingreso a conciertos que ofrecían buen sonido y excelentes presentaciones, una diferencia poco comparable con la época actual donde gran parte de estos espectáculos son gratuitos.

Carlos Vieco para la ciudad

“Yo tengo 36 años y desde que era muy joven vengo acá a ver lo que está pasando, antes eran los amigos de uno los que se presentaban, ahora son los jóvenes con otras propuestas y nuestros amigos son los jurados”, comenta Felipe Tabares mientras escucha los grupos participantes en la eliminatoria de rock de Altavoz 2010, realizada en el Carlos Vieco.

Como él, muchas personas de su generación siguen frecuentando el “Templo del Rock”, algunos para recordar viejos tiempos, otros para lamentarse de  los nuevos trabajos y otros, como Luis Grisales, para conocer nuevas propuestas.

“El rock ha tenido un proceso de ser aceptado por la gente e incluso a nivel de Estado con eventos como Altavoz y eso hace muchos años era inaudito; hoy en cambio venís acá y podes encontrar en el mismo lugar varias manifestaciones musicales sin que haya ningún problema; sin embargo en cierta manera, el Vieco ha cambiado porque hoy es el lugar donde las bandas empiezan y antes era el lugar donde se graduaban”, concluye Grisales.

Javier Rodríguez, director de la emisora Cámara F.M. y quien desde los 80 frecuenta el Carlos Vieco opina que éste es un lugar donde confluyen y conviven diversos géneros. “Esto no hubiera sido posible en otras épocas, sin embargo, aprendimos a estar juntos porque vivimos un proceso de la sana convivencia de los géneros del rock, por eso creo que es importantísimo que se recupere como Templo del Rock en Medellín para las nuevas generaciones”, dice.
 
Y es que es claro que este espacio, que tuvo una carga simbólica tan fuerte, no tiene hoy el mismo significado para las generaciones más jóvenes. Para el líder de Reencarnación esto se debe a la apertura del lugar, que ha llevado a que el Carlos Vieco, como símbolo, se haya masificado y por tanto, haya perdido fuerza.

Por su parte, Román expresa que, aunque este escenario está abierto para eventos como Altavoz, es preciso que se utilice más a menudo y que el fenómeno de rock en Medellín tenga un circuito en el que los grupos se mantengan activos. Algo similar piensa Juan Antonio Aguirre, promotor cultural de Comfenalco quien dice que el Vieco no se ha articulado a un sistema de giras o de toques continuos y que es importante que este espacio se mantenga dinámico por su mismo valor histórico, un valor que la gente del rock le dio y que se mantiene, de algún modo, a pesar del paso del tiempo.

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