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De bruces al mundo 
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Convencido de una revolución espiritual, Mauricio Osorio, vocalista de De bruces a mí, ha logrado que esta banda se mantenga a flote tras 12 años de existencia. En abril se presentó en Kenia, en el Foro Mundial Anticorrupción. Próximamente sacará Elemento sorpresa, su nuevo disco.

Uno podría decir que no ha sido fácil. Que para que Mauricio Osorio lograra convertirse en uno de los músicos más destacados de Medellín debió pasar por situaciones difíciles. Podría contar que fue un muchacho que creció sin padre; que a principio de la década de los noventa, a él y a su familia les tocó dejar la casa donde siempre vivieron en el barrio Florencia, en el noroccidente de Medellín; sí, decir que como a muchos jóvenes de la ciudad, el conflicto intraurbano le trastocó la vida.

También podría contar que por ello su familia se dividió, que él se fue a vivir con una tía al municipio de Sabaneta y que, por lo mismo, fue uno de esos ‘pelaos’ que mantenían unas ganas permanentes de darle un puño al mundo.

Y también habría que repetir el mismo cuento de muchas bandas de música: que no contaban con apoyo económico de la familia; que por su pinta rasta conseguir trabajo era una odisea; que mientras la banda cogía fuerza vivió en una pieza pequeña; que conseguir los instrumentos no fue fácil; que De bruces a mí, su primer álbum, fue grabado con las uñas, en un estudio casero y con un sonido que ahora lo avergüenza un poco; y que sus primeros conciertos eran en garajes o bares sin mucho público.

En fin. Sí, definitivamente, podría uno decir que “no fue fácil”.

La revolución espiritual

Pero, paradójicamente, es el mismo Mauricio Ddam, como ya es conocido por sus seguidores, quien dice que sí, que ha sido fácil lograr que De bruces a mí se convirtiera en una de las bandas insignias en Medellín.  “La gente casi siempre dice ‘pero ha sido duro’ lograrlo ―advierte―. Yo pienso distinto, empecé de la nada y ahora tengo muchas cosas. Esa, simplemente, ha sido mi vida, mi convicción. Nunca quise ganar dinero, lo que quería era ser artista y aunque no ganara plata, me sentía bien, porque esa era mi convicción y estaba trabajando por ella. Este es mi proyecto de vida, por eso no puede ser algo duro”.

Y es que del Mauricio que salió del barrio Florencia con el resentimiento natural que llevan los jóvenes de barrios en conflicto, queda poco. El músico ―ahora de 33 años, con un hijo y una compañera, y una casita rodeada de árboles en el municipio de La Estrella―, se encarretó con el reggae recién cumplió 15 años. Un amigo suyo trajo de Estados Unidos varios discos compactos de reggae. Entre ellos, Talkin' Blues, de Bob Marley.

Mauricio los escuchó una y otra vez. Poco entendía, pero sintió una conexión particular con esa cadencia del reggae. Tradujo letras y esculcó biografías. De Bob Marley supo que, como él, había crecido sin padre y que también había padecido un barrio conflictivo. “Me sentí identificado: saber que fue un gran músico y que dio un mensaje importante al mundo, fue una inspiración para mí”, dice.

Aquel fue un giro en su vida. El mensaje del reggae, de pronto, cambió al ‘pelao’ resentido, y el ‘pelao’ resentido convocó a varios músicos amigos, que había conocido en la Casa de la Cultura de Sabaneta, para que montaran un grupo musical.

De frente al mundo

Desde que era niño, Mauricio soñaba con una frase. Se levantaba en la mañana y aún la tenía en la mente: “De bruces a mí”, se repetía. También se las repitió a los amigos que lo siguieron en la aventura de hacer música. Aventura, porque él no era músico, no tenía herencia musical, no sabía tocar ningún instrumento. Tan solo era un muchacho con letras y letras escritas. “Pero quería dar un mensaje, retransmitir ese mensaje que había cambiado mi resentimiento y amargura con el mundo, con la sociedad”, recuerda.

En la década de los noventa el reggae era un género muy incipiente en la ciudad. Había pocos fanáticos y, según Mauricio, no existía una banda que se dedicara exclusivamente al género. Así que en 1999 apareció De Bruces a mí en la escena musical de Medellín.
―¿Y qué significa esa frase con la que soñabas?
―Cuando era niño no sabía que significaba. Después lo supe: de frente, de frente a mí, todo está frente a mí.

Con ayuda de amigos aprendió a tocar guitarra y conoció los vericuetos musicales. Y De bruces a mí empezó a sonar en bares. El primer gran evento en el que participó la banda fue el Festival Ska Antipersonal, en el año 2000, con una tarima grande y un sonido motivante. Después, en el Teatro Camilo Torres de la Universidad de Antioquia, lanzaron su primer álbum: De bruces a mí.

Tres álbumes, doce años

También en la Universidad de Antioquia, Mauricio empezó a estudiar ingeniería. Sin embargo, en el primer semestre decidió que definitivamente su proyecto de vida era la banda. Así que dejó el claustro universitario y se dedicó exclusivamente a De Bruces a Mí, no solo a convertirla en una banda sólida y escuchada, sino también en una pequeña empresa de la que pudiera vivir. Eso sí, de forma independiente, sin ataduras con disqueras. Así lo ha logrado en estos 12 años, en los que ha dado “más de doscientos conciertos, por decir una cifra”, dice Mauricio, quien perdió la cuenta hace rato.

El primer álbum del grupo, que lleva su nombre como título, fue grabado en un estudio casero y presentado en 2003. No fue comercial. Mauricio y los músicos lo copiaban y se encargaban de regalarlo o venderlo. Gracias a ese disco consiguieron sus primeros seguidores, con canciones que hablan de la espiritualidad como mecanismo para superar adversidades; que denunciaban injusticias sociales; que evocan el amor en un sentido universal.

Luego vino Real, en el 2006, que les dio un Premio Shock a mejor banda reggae del país. Para grabarlo, Osorio se lanzó al agua y prestó cinco millones de pesos. Reprodujo mil copias. Con la venta de éstas y las ganancias por los conciertos, pudo pagar el monto prestado. En ese disco está su canción favorita, Escúchame: "Es el amor, es el amor, es el amor, / me da la fuerza / para pelear por mi razón".

Dos años después botaron la casa por la ventana con El poder de tu alma, gracias a que resultaron ganadores de las Becas a la Creación de la Alcaldía de Medellín. Sin preocuparse por dinero, pudieron contratar un estudio profesional y prensar dos mil discos con la mejor calidad que pudiera lograrse en la ciudad. El disco, además, evidencia la evolución musical del grupo: un sonido más cuidado, menos artesanal, y unas letras que muestran más experiencia en Mauricio, el compositor. “Para mí la evolución es felicidad. Por eso siempre trabajamos por un mejor sonido, por un mensaje más claro en las canciones”.

Después de casi cuatro años al aire, El poder de tu alma ha sido tarareado por miles de seguidores. Éstas y otras canciones han sido cantadas una y otra vez en el Festival Altavoz, en Medellín, y en otros festivales y eventos del país como Rock al Parque 2007, en Bogotá. En su página de Facebook, la banda cuenta con cerca de catorce mil seguidores; y en su Myspace, se acercan a los siete mil.

De África al “Elemento sorpresa”

Sin duda, Mauricio no solo ha logrado consolidarse en el artista que se prometió ser. Además de vincularse con manifestaciones sociales de la ciudad, aprendió a pensar a De Bruces a mí como una pequeña empresa independiente: de discos, camisetas, botones, conciertos. Para eso, tuvo que aprender también a administrar y entendió que las cosas no caen del cielo. Por eso anda metido todo el tiempo en internet, interactuando con seguidores y otros artistas, o cazando convocatorias. En esas estaba cuando dio con la página www.anticorruptionmusic.org, que promovía un concurso de grupos musicales del mundo. El requisito, enviar un video clip que hablara de la corrupción.

Con la canción Soy una roca, De Bruces a mí fue seleccionada, junto a otras tres agrupaciones de Bulgaria, Vanuato y Huganda, para presentarse en la segunda versión del Foro Mundial Anticorrupción, que se realizó en abril de 2011 en Nairobi, capital de Kenya. Durante una semana, mientras varias ong discutían experiencias de proyectos en contra de la corrupción, las cuatro agrupaciones musicales  ―de pop, reggae y rap―, trabajaron juntas produciendo tres canciones en torno a la corrupción.  

 “Nosotros nunca habíamos salido de Colombia y ahora que lo hicimos, pude comprobar que nuestro país es inmensamente rico, pero la corrupción hace parte de nuestra cotidianidad.  Somos pobres mentalmente, permitimos que la corrupción suceda, este es un lugar perfecto para un corrupto, las leyes lo permiten y la gente lo ignora”, advierte Mauricio.

El viaje a África fue muy significativo para él, no solo porque en esa región están las raíces de su música y porque demostraron que en el país hay algo más que la historia de Pablo Escobar, sino también porque, parado en la tarima, pudo comprobar que el nivel musical que la banda ha alcanzado cautiva al público. La organización del evento decidió que fueran ellos quienes hicieran la clausura. Por ello, ahora su reto es ir de bruces al mundo: exportar su música.

El paso siguiente es culminar la grabación de su nuevo disco, que se llamará Elemento sorpresa y tendrá 12 canciones. A diferencia de El poder de tu alma, para el que se escribieron todas las canciones y luego se grabaron, esta nueva producción se ha grabado una a una, por lo que será un compilado de estos últimos tres años de trabajo del grupo.

Además, tendrá un acercamiento al folclor colombiano. Mauricio estuvo en el Urabá antioqueño, conociendo a fondo algunos de los ritmos de esa región. De hecho, una de las canciones de Elemento sorpresa, fue grabada a dúo con Eustiquia Amaranto, una cantante de bullerengue de la zona.

En este disco, desde luego, sigue al pie del cañón Julio Ángel, el único músico que ha acompañado a Mauricio desde 1999, cuando fundó la banda. En los últimos años se les unieron Camilo Mazo, Cesar Valencia, Oscar Franco y Faber Agudelo. Todos ellos tienen una convicción inamovible: utilizar la música como vehículo para la revolución espiritual de la que habla Mauricio. Esa que convirtió al ‘peleao’ resentido, en artista.


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